FOTOS HISTORICAS

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FOTOGRAFÍA TOMADA EN INGENIERO MONETA

viernes, 24 de enero de 2014

EL ARZOBISPO BOTTARO


Infancia y mocedad del Arzobispo de Buenos Aires
Recuerdos de una hermana de monseñor Bottaro, la señora María Bottaro de Necol. - Una humilde mansión. - La quinta de San Pedro. - Vacaciones del joven franciscano. - El recuerdo de fray Cayetano Rodríguez. - La primera misa y el primer casamiento.

Con  este título publicó el siguiente  artículo la revista Caras y Caretas del 17 de julio de 1930 con la firma de Adolfo

Cuando recorría admirado los barrios de casas baratas para empleados que ha construido y administra en la Capital Federal una importante entidad católica, uno de los acompañantes, instituido en cicerone del barrio "Mihanovich", en Vélez Sársfield, comentó:  En una de estas casas vive la hermana de monseñor Bottaro. El cicerone me miró de reojo. Su recuerdo, era evidente, estaba dirigido a mi condición de periodista. Los demás miembros de la caravana que visitaba con admiración las mansiones levantadas por la contribución de muchos creyentes y la dirección de un gran obispo argentino, ya conocían el dato.
El cicerone también es periodista y, supe después, no pudo sustraerse a su deber. Sin embargo, temeroso de chocar contra alguna resistencia, le pregunté inocentemente: Dice usted que vive aquí una hermana del arzobispo?   ¡Es claro! — me contestó, agregando: ¿Cuántos monseñores Bottaro cree usted que hay en Buenos Aires? Sin previa deliberación, nuestros pasos se encaminaron entonces a la casita de esa hermana del venerable franciscano que dirige la iglesia argentina desde el año 1926.



Una  humilde mansión
Apretamos el botón del timbre eléctrico. Volvimos a apretarlo. Pasaron dos minutos; pasaron tres minutos.  Señor secretario: sin timbre, estas casas no pueden costar cien pesos mensuales.  Con timbre, señores, el alquiler de estas casas es de setenta pesos... Y en casos como éste, queda el recurso del llamador o de las manos o de los nudos de la mano contra la puerta. La mano no falla. Recuerde usted que Sarmiento, que había luchado inútilmente por endulzar un pocillo de café utilizando un chisme de esos que colocan en las azucareras, apeló a sus dedos, diciendo: "Esta es la mejor pinza y hasta la más higiénica para uno " . . . Sin duda la conversación o el murmullo de nuestras palabras turbó la quietud interior de la casita, porque cuando íbamos a llamar con las pinzas de Sarmiento, se entreabrió una ventana y en seguida la puerta de calle, mejor dicho la puerta del jardín, puesto que todas estas casas están rodeadas por jardines.

Adelante. Adelante... invitó en el interior una voz femenina. Y más adentro, en la intimidad, en la tibieza de la sala familiar, otra voz femenina, endulzada por los años, hecha amable por el tamiz de los dolores, voz de madre viejecita, acostumbrada a las preces y a las bendiciones hogareñas, amplió antes de que pudiéramos localizarla: Mucho honor para nosotras... Pasen . . . Disculpen...¡Señora!...  se le ocurrió decir al secretario de la Unión Popular Católica. Siempre es un honor para mí que nos visiten. Pasen . . . Disculpen... Era la señora María Bottaro de Necol, hermana del arzobispo monseñor José María Bottaro y viuda del señor Gastón Necol. Sus hijas, las señoritas Socorro y Matilde Necol Bottaro, que la acompañan constantemente con solicitud entrañable, nos preguntan, apenas tomamos asiento alrededor de la mesa del comedor: Señor, doctor, ¿qué gustan de servirse?

Flores y pájaros
Monseñor José María Bottaro, su hermana María y nueve hermanos más  en total fueron once nacieron todos en San Pedro. Allí viven todavía dos hermanas del arzobispo y allí vivió hasta hace pocos años la señora de Necol.  Cuando chico, recuerda en la conversación la dueña de casa,  monseñor, mi hermano, monseñor Bottaro  subraya con emoción de creyente  se ocupaba con mi padre y mis hermanos en los quehaceres domésticos. Es decir, a nosotras, las mujeres, mi padre nos reservaba el cuidado del jardín y otros trabajos parecidos, siempre los más livianos, en una quinta como la que teníamos para vivir. Las flores, como las gallinas, representaban en nuestra casa una ayuda grande para atender las necesidades de la vida. Y monseñor, entonces era José  Maria, tenía también por las flores una gran afición. Menos mal que aquí tenemos también nuestro jardincito y puedo entretenerme, de vieja, en cuidar las plantas, en regarlas, en matar los hormigueros y sacar, a veces, algunos ramos . 

Cuando reúno unas cuantas flores se las mando siempre al arzobispo. ¡Ahí... y cuando canta el gallo, un bataráz que tenemos en el gallinero, de madrugada, me parece todavía que soy joven y que voy a escuchar la voz de mi padre ordenándonos dejar la cama o las campanas de la iglesia llamando a misa, lo que era también una orden para dejar la cama... A monseñor le gustaban, además, mucho los pájaros. Solía tener pajareras con boyeros, con mistos, con zorzales y se desvivía por atenderlos. De mozo ya, cuando volvía de su trabajo,  los ratos en que no leía, los dedicaba a los pájaros y a las flores.

Mi padre, continúa la amable señora,  nuestro padre, que Dios tenga en su santa gloria, era italiano, genovés. Se llamaba Esteban Bottaro. Y nuestra madre, María Hers, era inglesa. Llegaron al país ya casados y se instalaron en San Pedro. Allá dicen que tenía una estancia Facundo Quiroga, pero yo no la he conocido. Hay, sí, en San Pedro unos descendientes del Tigre de los Llanos. ¿Cómo vendría a dar el caudillo riojano a orillas del Paraná? Bueno: lo mismo vinieron nuestros padres. “Ya ve: un genovés y una inglesa. Pero mi madre, yo creo que se había olvidado casi de hablar inglés. La fuerza del marido. Ella hablaba mejor genovés que inglés. Y nosotros también nos entendíamos en ese idioma. Mejor dicho, ellos, nuestros padres, nos hablaban en italiano y nosotros contestábamos en castellano.

“Como todos los hermanos, José María, siguiendo el ejemplo de nuestros padres, era muy devoto desde chiquillo. No faltábamos nunca a  la enseñanza del catecismo, los días jueves, y menos a la misa de todos los domingos. “Y la escuela era distinta a las escuelas de ahora. Nosotros respetábamos a los maestros tanto como a nuestros padres. No había fútbol ni cinematógrafo, ni las libertades que ahora tiene la juventud y traen tantos reveses. Uno lo está viendo a cada paso. "Monseñor, prosigue evocando recuerdos la dueña de casa, solamente cursó en la escuela fiscal de San Pedro los primeros grados. Apenas aprendió a leer, tuvo que ir a  ayudarnos en el trabajo. Creo que una sola vez le impusieron una penitencia. Me parece, si mal no recuerdo, que se escapó del colegio; se escapó porque tenía que ir a ayudarlo al cura, al padre Bartolo Notta, a arreglar la iglesia para una fiesta... “Años más tarde, en esa misma iglesia de nuestro pueblo natal, ofició su primera misa, después de cursar sus estudios y regresar ya ordenado. La madrina fue mi madre y padrino don Juan Rocca, vecino de San Pedro y emparentado con nuestra familia.

Vacaciones del joven franciscano
Nos refiere después que mientras residió en Buenos Aires, en el convento de San Francisco, el joven fraile iba todos los años, o cada vez que podía hacerlo, a pasar sus vacaciones en la quinta de San Pedro. Todavía se conservan, de las cuatro manzanas que tenía originariamente, cubiertas de frutales y verduras, una parcela de tierra y la casa paterna, lo único que pudo salvarse de apremios. Su frente da sobre la calle que antes se llamaba Carlos Pellegrini y que hoy, como homenaje civil al venerable religioso, lleva su propio nombre: calle José María Bottaro.

El recuerdo de fray Cayetano Rodríguez.
Es la segunda vez que el pueblo de San Pedro rinde homenaje a franciscanos ilustres nacidos en él. Fray Cayetano Rodríguez, el insigne diputado de la provincia de Buenos Aires al Congreso de Tucumán, orador político, periodista, esclarecido patriota, es oriundo de San Pedro y en una de las plazas locales un monumento erigido por suscripción popular consagra su memoria y atestigua la gratitud ciudadana. El ejemplo del prócer argentino influyó eficazmente en el espíritu del actual arzobispo para afirmar su vocación religiosa. Como el prócer, el niño amante de las flores y los pájaros, el mozo trabajador y humilde, quiso ser franciscano y servir a su patria y a su iglesia. Con su vida honra ahora la memoria venerada del otro siervo de Asís.

El primer casamiento
Una de las galerías del convento de San Francisco, a la entrada, hay un crucifijo colocado allí por las propias manos de monseñor Bottaro. Poco después de su consagración llegó al convento y colgó el crucifijo en una pared.  Los hermanos que frente a este Cristo recen un padrenuestro  les dijo a los frailes,  tendrán indulgencia concedida por el arzobispo de Buenos Aires. Esto lo refiere uno de nuestros acompañantes, y la señora de Necol confiesa que no conocía el detalle. Pero añade: Siempre fue bondadoso y predispuesto al perdón. Indulgente, diré mejor, tolerante, cordial, amigo de la paz. Su primera pastoral, dada el 5 de diciembre de 1926, empieza así, precisamente: "La paz sea con vosotros". El me casó a mí, el nuestro fue su primer casamiento y actuaron como padrinos mi suegro don Antonio Necol y mi hermana Francisca Bottaro, viuda de Martínez. En nuestra casa, presidida por mi marido, que fue hombre de trabajo y virtuoso, reinó siempre la paz. ¿Qué más podemos pedirle a Dios?.

Fuente: Archivo familiar de Caras y Caretas

2 comentarios:

susana necol dijo...

Hola mi abuelo no se llamaba Gastón sino Domingo, tengo documentación e historia familiar, honro su memoria. Gracias

Karina Necol dijo...

Hola, sí coincido con lo que dice Susana, (que es mi tía y prima de mi papá Alberto Necol)
el abuelo de ambos se llamaba Domingo Necol. Es hermoso y emotivo leer sobre los origenes de mi familia y la casa en la que me crié. Gracias